22 nov. 2011

La despedida

Noté el ruido de la calle y el aire frío en la cara. Desperté. Abrí los ojos y me encontré en el mismo barrio que la otra vez, lo había vuelto hacer. No tenía por costumbre salir de casa por la noche, y menos estando dormido, pero parece que mi subconsciente quería que volviera a aquel lugar.
Me quedé quieto, parado, no por nada... si no porque el frío me helaba hasta los huesos, aun estando envuelto en... Para mi sorpresa, no llevaba pijama, estaba vestido de calle, ¡Me había vestido incluso estando sonámbulo! A pesar de todo tenía frió, aun con tantas capas de ropa que llevaba. Por algún motivo sabía que debía estar ahí, y que era mejor no moverse, que fuera lo que ocurriera en este momento no debía ser forzado, todo llegaría a su debido tiempo.

Giré la cabeza, y miré en la lejanía. Aquel rótulo de neones del bar, se me había grabado a fuego en la memoria, y otra vez lo estaba viendo, con mis propios ojos. No pasó mucho tiempo hasta que la silueta de una persona conocida apareció, se postró ante mí, me saludó y me dijo que ya era hora de que se fuera, que era hora de que le dejara ir. Me explicó que ya me había enseñado todo lo que debería saber, que ya lo había puesto en práctica y que sabía que a partir de ahora me iría todo mejor, ya no le necesitaba. 
¿Cómo es posible que, alguien a quien apenas conoces, que incluso dudas de su existencia real, te haya ayudado tanto, y ahora... decida marcharse? Miré al suelo. Estaba cabizbajo. No quería que se fuera, pero sabía que era lo correcto, que era necesario para seguir adelante. Puso su mano en mi cabeza, despeinándome, y acto seguido me abrazó diciéndome que era fuerte, y que poco a poco vería el mundo tal y como es, sin miedo, que nunca estaría solo por más que alguna vez en la vida me sintiera así y que disfrutara de cada momento, porque la vida es larga, pero los momentos cortos. 
No quería llorar, y conseguí contenerme. Apreté fuertemente su chaqueta de cuero negro, deseaba con todas mis fuerzas que no se alejara, pero el momento finalmente llegó y se apartó lentamente. Señaló a un pequeño insecto de cuatro alas y grandes ojos que aterrizó en mi mano. Como última cosa, me dijo que ese animal encerraba todos sus ideales, y que él mismo no se iría del todo, si no que viviría mientras le recordara. Se giró, alzó la mano en señal de despedida mientras caminaba y, entonces, tal cual vino, se fue.

Fue la persona que más quise hasta entonces, fue como un padre, como un hermano, como un verdadero amigo que estuvo a mi lado. Quisiera o no siempre estaba ahí, hablándome, aconsejándome, pero ya era hora de dejarlo marchar. Puede que algún día vuelva, quien sabe, pero hasta entonces continuaré con mi vida y viviré según sus consejos. Gracias por todo. Adiós.

4 comentarios:

  1. juuu... T_T que bonito..
    Creo qe todos nos hemos sentido así alguna vez con alguien ¿no? :(

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  2. Suele pasar.

    Hola, muy emotivo relato, yo soy de las que patalean y no quiere que nadie se vaya, pero bueno, a veces no hay elección posible,
    me quedo por acá, voy a seguir leyendo un poco más.

    Saludos!

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  3. Las despedidas son jodidas, sean como sean.

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  4. Tu capacidad de expresión y demás, me sorprende, enserio.



    Sigue así, QUE GRANDE!

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